Articulo opinion El Correo Gallego

EL próximo alcalde de Ferrol debuta con un error antiguo, cometido allá por el 1931 por Manuel Azaña. En un discurso vibrante que justificaba su fama de orador, el político pronunció una frase desafortunada que empezó a abrir grietas en la recién nacida República. “España ha dejado de ser católica”. Al oírla o leerla, muchos católicos republicanos sintieron que se les estaba obligando a elegir entre su fe y su ideología. Habían recibido con entusiasmo al nuevo régimen, convencidos de que no existía contradicción alguna entre ser creyente y abogar por una España sin Corona. Entre ellos estaba quien acaba de ser homenajeado en el Días das Letras, aquel Xosé Filgueira Valverde que finalmente rompe con el Partido Galeguista que se alía con el Frente Popular. Azaña confunde la irreligiosidad de los cenáculos intelectuales del Madrid que él frecuenta, con el conjunto del país mayoritariamente católico, y ese error lo lleva a pronunciar una sentencia que aleja de la República a mucha gente devota que podría suscribir sin problema el ideario republicano. No es capaz de hacer esa difícil transición que lleva al líder de un partido a convertirse en dirigente de un país. Es precisamente en esa fase en la que se encuentran políticos como Jorge Suárez.
El éxito de Ferrol en Cómún se basa en eso que ahora se llama “transversalidad”, y que viene a ser la capacidad de agrupar a electores de diferente procedencia, muchos de los cuales no habrían votado nunca a la Esquerda Unida en la que milita el futuro regidor. ¿Hubo en esa masa transversal católicos? Sin duda. Católicos, amantes de la Semana Santa e incluso cofrades. Pensar que el creyente es de derechas, o que las cofradías son un nido conservador, es incurrir en un torpe reduccionismo. Con gran habilidad lo sabe esquivar el líder de Podemos cuando aplaude con entusiasmo las posiciones del papa Francisco. El anuncio de la supresión de las ayudas a las procesiones indica que Suárez todavía no dio ese paso que separa el liderazgo partidario del institucional. Aún se encuentra anclado en la burbuja que forman la candidatura y los entusiastas. Seguro que son ellos los que le piden epatar con gestos que dejen claro que llegó el cambio. Salvando todas las distancias, es lo mismo que le sucedió a Manuel Azaña en aquellos momentos trascendentales del nuevo régimen. Antes y ahora, el anticlericalismo es un recurso fácil y un error grave. Ni España había dejado de ser católica, ni Ferrol le dio la espalda a su Semana Santa votando lo que votó. En este caso, sin embargo, la torpeza es reversible.


Freeman Galicia